de El agregado militar deja el servicio.
ELVIRA Jose estaba muy inquieto por su trabajo.
CÉSAR Jamás le oculté lo que hacía. Mi hijo ha crecido oyéndonos hablar en la mesa de todo. Del trabajo de su padre. Unas veces más agradable y otras menos. Pero siempre al servicio de mi país.
ELVIRA O al servicio de su ejército, coronel.
CÉSAR Al servicio del gobierno de mi país en todo caso, Elvira. Y, sabes, he conocido gobiernos de signos contrarios. Pero hay cosas que deben permanecer a salvo del debate político. La discreción sobre ciertos temas es hoy una de las mejores pruebas de la capacidad de un gobernante. También los jóvenes maduráis cuando empezáis a entender algunas cosas. En este mundo ya nadie tiene derecho a ser inocente, Elvira.
ELVIRA Usted ha servido a su gobierno en varios países... Todos ellos pobres.
CÉSAR Pero importantes para nosotros. De todas formas no hay muchos países ricos en África. Y no es una cuestión de recursos, naturalmente.
ELVIRA No, no hay muchos países ricos... A él no le gustaban ciertos aspectos de su trabajo –te dije. La venta de material bélico, por ejemplo. Eso le distanció de usted.
CÉSAR Seguramente le repugnaba lo que hacía. Como a ti (...) Si él supiera lo poco que me importa ahora todo eso... Voy a dejarlo, Elvira. He vuelto de África definitivamente. Para quedarme aquí, para habitar esta casa que tan poco he pisado en los últimos años... aunque ahora sea sin ellos. No quiero hacer nada más, quiero encerrarme aquí, en esta casa donde hoy respiramos el mismo aire... que unas horas antes exhalaron ellos. (...) Pero quizá mañana mismo me parezca insoportable, no lo sé.
ELVIRA Se va a quedar aquí, solo.
CÉSAR Claro. Ya me he quedado solo.
ELVIRA (...) ¿Ha oído las últimas noticias?
CÉSAR Sí. Era previsible. Estaremos un par de meses entretenidos con las noticias del frente y luego comenzaremos a olvidar. Hasta la próxima.
ELVIRA (...) A Jose no le gustan las guerras –te dije.
CÉSAR A mí tampoco. ¿Y a ti, te gustan las guerras, Elvira? A nadie le gustan las guerras... ¡Y, por favor, deja de hablar en presente! Él ya no está con nosotros.
ELVIRA Sí, no sé, me apetece... No quiero hablar de él como de un muerto.
CÉSAR Tendrás que hacerlo tarde o temprano. Mejor que te acostumbres, Elvira.
ELVIRA Esas colillas, todavía aquí, este aire viciado... es extraño. No le parece como si todavía estuvieran aquí (...) Debería usted buscar otra cosa, hacer algo distinto. No puede quedarse aquí sin hacer nada (...) Sabe, Pensamos irnos a vivir juntos a comienzos del curso que viene. Vamos a trabajar los dos este verano para ahorrar un poco.
CÉSAR Ibais, Elvira. Ahora él... Creo que no comentó nada en casa. Aunque quizá a su madre.
ELVIRA Es lo que pensábamos... Sí, él adoraba a su madre (...) Quisiera quedarme con algunas cosas suyas, algunos cuadernos y libros.
CÉSAR Ya te dije que puedes coger lo que quieras (...) ¿Sabes qué fue lo último que leyó?
ELVIRA Coleridge, Las rimas del viejo navegante. Se lo regalé en la última feria del libro. Una edición de viejo, un libro hermoso.
CÉSAR Me gustaría leerlo si me lo prestas. Voy a tener mucho tiempo ahora. No sé, tal vez algún día... también yo escriba algo. Lo he pensado algunas veces, escenas de la vida en África tal vez.
ELVIRA Mi psicólogo dice que cuando uno está muy mal, o se suicida o escribe una novela.
CÉSAR Sí, un tipo listo tu psicólogo... Tendré que escribir la novela entonces. Ven a verme cuando quieras, Elvira. Necesitaré ver a alguien conocido de vez en cuando.
ELVIRA No debería quedarse aquí (...) Pero sí, vendré... vendré a verle algún día –te dije.
(Oscuro.)
De El agregado militar deja el servicio
(pieza breve)
Obra para 10 personajes: 6 actores, 4 actrices.
Duración aproximada: 1 hora, 45 m.
SINOPSIS
Por arte de birlibirloque (comprar una entrada), el espectador se convierte en un reputado sexólogo, asistente a un disparatado congreso de su especialidad.
En él asistiremos a la milagrosa resurrección sexual de un presidente nonagenario, a disputas profesionales y conyugales, a encendidas controversias en torno al fantasma hispánico o visigótico... Oiremos hablar de la espermatorrea y de la gonorrea, del proyecto de ley para la ablación de acosadores sexuales... Conoceremos usos y abusos de la Viagra y el bromuro. El relato de su experiencia de boca de la daifa Michelina. Casos clínicos presenciales, como el del hombre del sexo exagerado…
Y todo ello entre “respuestas conductuales inadecuadas”, jugosos comentarios feministas, sexistas, nacionales, nacionalistas y gastronómicos. Sobre todo gastronómicos…
Desinhibición, algo de sal gorda, algo de humor fino, corrosión y ternura a partes iguales… Inevitable “teatro del discurso”, porque estos sexólogos discursean que anda con dios…
Y porque, después de todo… ¿quién coño dijo que el sexo debe ser aburrido?
TÍMOR - Vaya... eso me recuerda al acólito de San Arnuil.
DULCE - ¿Perdón...?
TÍMOR - Ah, disculpe, doctora, la he interrumpido, disculpe... La senectud, doctora, la senectud...
DULCE - No importa, don Tímor, adelante... quería usted decir algo.
TÍMOR - No, que eso de la continencia me recuerda siempre al acólito de San Arnuil (...) Si quiere usted le cuento la historia.
DULCE - Bueno, si no es muy larga… Adelante, don Tímor, adelante...
TÍMOR - ¿Sí? Pues según el excelso escritor don Alvaro Cunqueiro, el obispo San Arnuil, harto ya de que los marinos de su diócesis sucumbiesen inexorablemente al sensualísimo canto de las sirenas, fletó un bote y se embarcó con su monaguillo al encuentro de las lascivas. Este... este... San Arnuil quería así demostrar que, con la ayuda de Dios, es posible vencer toda tentación, por más poderosa que ésta... ésta... pueda resultar.
DULCE - (...) Prosiga, don Tímor, prosiga...
TÍMOR - Pues eso, San Arnuil y su acólito se hicieron a la mar y se encontraron con las sirenas. San Arnuil, probo, casto y santo... supongo que no sin esfuerzo, venció al fin sobre el canto libidinoso... Ah, ¿pero qué le ocurrió a su monaguillo?
DULCE - ¿Qué?
TÍMOR - Pues... que tanto fue su esfuerzo por emular la virtud del santo , ¡y tanto insistieron las sirenas!... ¡que reventó por sus partes!
DULCE - ¡No... !
TÍMOR - ¡Sí, señora!, ¡reventó por sus partes!
MICHELINA - ¡Por Dioh...!
LA VERDE - ¡Menudo asno!
ANDROS - ¡Por San Bábiles! ¡Así deberían acabar más de cuatro!
TÍMOR - Sí, ya lo creo... ¡reventó por sus partes! (...) Ah, no sé yo si tendrá un sitio en el santoral este... este... acólito de San Arnuil. Aunque solo sea como mártir menor... Vaya, el acólito de San Arnuil, je, je... ¡que reventó por sus partes!
DULCE - Pues tiene usted razón, don Tímor, este acólito de San... San como sea... tendría mucho que ver con los sujetos que sufren -y gozan, don Tímor, y gozan- las referidas poluciones nocturnas. De hecho, y dada la promiscuidad de nuestro tiempo, yo creo que estas poluciones nocturnas -cuando no son patológicas- apenas son ya un reducto de los seminarios, qué se le va a hacer...
TÍMOR - Cierto, cierto... Oiga, yo estuve en el seminario, eh... Sábanas con palomillas, decíamos en mi tiempo, sábanas con palomillas...
SELENA - (Aparte.) ¡Bonito seminarista éste...!
DULCE - Bien, bien... Hablaba de que la frecuencia de las poluciones varía según sea el individuo. Cuando este fenómeno se da con excesiva frecuencia, cuando las poluciones se repiten todas las noches, podemos decir que entramos en el terreno de lo patológico... Al cabo de poco aparecen ya las poluciones diurnas. Bajo la influencia de excitaciones psíquicas o corporales, el pensamiento lúbrico, el contacto o la sola visión de una mujer, provoca...
MICHE - ¡El dehpitote!
DULCE - Sí... la eyaculación, el derrame...
LA VERDE - ¡El lanzamiento...!
EMÉRITO - ¡La proyección...!
DULCE - No, no, más bien el derrame, el derrame... Estamos hablando de espermatorrea, doctores, no lo olvidemos... Frecuentemente cualquier visión o estímulo externo, hasta el mismo roce de las ropas con el paciente, puede provocar el derrame.
MICHE - Eh verdá, eh verdá... Yo tengo un paciente que no hace máh que asomá la cabeza por detráh de la puerta... ¡y se pone hecho un crihto!
DULCE - Cliente querrá usted decir, claro, no paciente... Bien, interesante referencia... (Anotando en su agenda.) ¡Edad?
MICHE - Pueh... no sé, tendrá loh cuarenta.
DULCE - ¿Sexo?
MICHE - Coño...
DULCE - Sí, sí, perdón, perdón... ¿casado o soltero?
MICHE - Viudo. Dice que su mujeh se le murió en la cama, mientrah ehtaban... ¿m´entiende? Pero yo, por lo que sé, creo que debió seh de aburrimiento... ¡o desehperación!
DULCE - (Guardando la agenda.) Muy bien, luego me tiene usted que contar el caso más detenidamente... La espermatorrea…
(Entra COITU.)
COITU - ¡Pois que no encontro os papeles!
SELENA - Ya aparecerán, doctor, no se preocupe.
COITU - Ñao, si ñao preocupo-me... Menos mal, menos mal, que aproveité o viajem para jantarme umos ovos estrellados e umas costeletas de cordeiro... ¡fuá! ¡escelemtes! ¡escelemtes...! Havería que felicitar ao senhor esse dos asumtos paraculturales por o serviso de refiseaun do Congreiso. ¡Qué jantar! Si, senhior... ¡fua, qué jantar...!
SELENA - Doctor Coitu, discúlpenos... pero la doctora Amor estaba ahora en el uso de la palabra.
COITU - ¡Ah, cómo o sento! ¡falo demais! (Ocupando su lugar.) Desculpe, doutora, perdao...
DULCE - Obrigada, obrigada... La espermatorrea, decíamos... La espermatorrea puede llegar a ser tan copiosa que se acumule el semen en el prepucio, en gran cantidad, volviendo a rezumar cada vez que se limpie.
LA VERDE - ¡Menudo dispendio!
ANDROS - ¡Qué ordinariez!
MICHE - Por Dioh qué cosah.... ¡Lo que sabe ehta muchacha, eh! Y una que se creía una profesionah...
De El Congreso de Sexología (comedia)
ESCENA 1ª
Aún con las luces de la sala encendidas,
sin aviso previo de comienzo de la representación:
FANI, frente a la cuarta pared, como ante un espejo.
Minuciosamente, perfila y pinta su boca de cinabrio intenso.
AMADA SERRA entra por el fondo, y allí se queda inmóvil un minuto.
AMADA Te miro en el espejo y no me gusta tu boca. No me gusta nada el rojo sangre del carmín en tus labios.
FANI Me miras con los ojos de entonces. Y querrías devolverme a un cuarto amarillo, donde juegan niñas sin muñecas, solo con dos violines diminutos.
AMADA Ha llovido un poco... La música es la débil membrana que todavía nos une, Fani. Esta noche pondremos a Beethoven por testigo de nuestro abrazo.
Las dos hermanas se funden, en el amor recuperado tras inabarcables años de plomo.
FANI Has vuelto.
AMADA Como se vuelve de un mal sueño, con el alma envejecida.
(...) Anda, ve... el concierto está a punto de empezar. Pasa delante, Fani, ¡date prisa! Beethoven aguarda.
FANI ¿No vienes conmigo?
AMADA Mas tarde, dame cinco minutos.
FANI Demasiada gente ¿no?
Tienes miedo, Amada.
Aunque en realidad no hay nadie, la sala está vacía.
AMADA Esperaré el último aviso, prefiero entrar cuando baje la luz. Búscame luego, hazme el favor, búscame en el pasillo cuando se apague.
FANI Siempre sin luz en la sala.
AMADA Era yo quien ordenaba la oscuridad.
En la penumbra respiraba profundamente, relajaba la espalda, la nuca, los brazos... Miraba fijamente la tenue claridad de la partitura sobre el piano... Concentrada tan solo en la perfección de los primeros compases...
Salía un minuto después. Justo un minuto.
¿Sabes el tiempo que cabe en un minuto? (...)
FANI Lo que media entre la vida y la muerte.
AMADA Sí...
Vamos, el concierto está a punto de empezar, date prisa.
Yo... creo que no voy a entrar, Fani.
¿No te importa? Estaré aquí cuando acabe.
FANI No me importa, pero podías haberlo pensado antes, me hubiese ahorrado el disfraz.
Ah, esta blusa ridícula... Demasiado escotada, demasiado escotada.
Oye, estoy mejor con el pelo un poco a la cara, eh...
AMADA Estás guapísima esta noche.
FANI No te entiendo, sabes. Eres tú quien quiso que nos encontráramos aquí, en un día como hoy. No me gustó mucho la idea, te dije que deberíamos dejar los gestos a los políticos.
AMADA Regreso en el día que trae el gozo amargo del armisticio. No podía ser de otro modo. En el día que habrá de reconciliar definitivamente a la rencorosa víctima con el pobrecito asesino.
FANI Vuelves con toda la artillería desplegada. Pero tampoco esperes que te baile el aurresku.
AMADA No lo espero, Fani.
Cuando me fui llevabas una trenza colgando de la nuca. Habían matado a un hombre.
FANI Así no llegaremos a ninguna parte.
AMADA Vuelvo... arrastrando la sombra inerte de aquel hombre. Igual amaba la música de Beethoven ¿lo has pensado alguna vez, Fani? Igual llevaba ya en su bolsillo una entrada para el concierto de aquella noche. Fue horrible.
FANI El concierto de hoy es por la paz, no lo olvides. Acabas de decir armisticio. Inténtalo. Espíritu de concordia, hermana, espíritu de concordia.
de Monólogo de un expresidente en su retiro
Pero si hay algo que no puedo aducir en mi defensa es ignorancia. O tal vez sí… no sé. Me cuesta pensar que desconocía entonces los efectos de la primera campaña. Los efectos, de crueldad increíble, de un bloqueo posterior auspiciado por un mundo que todavía se llamaba civilizado. Un cóctel de guerra servido en la noche de terror infame de los bombardeos. (Viejas sicofonías de Guernika o Dresden). En las mil y una noches del odio sobre Bagdad, sobre Basora. En el día exterminador del desierto primordial de Babilonia. Cenizas de uranio reducido, gases nerviosos y toda la química de la muerte, putrefacción del aire con la peste negra de los pozos incendiados… Muerte y mutilación de civiles, niños en su mayoría. Incluso enfermeros y cirujanos contaminados por el polvo de uranio reducido que portaban en sus ropas los agonizantes. Posguerra de un millón de muertos. Abortos. Y nacimientos con horribles malformaciones. Niños nacidos sin extremidades. Niños ciegos o nacidos sin ojos. Sin nariz. Sin genitales. Sin cerebro. Incluso sin cabeza. Piezas únicas multiplicadas para el museo del Nuevo Orden Mundial que vendimos. Incremento del cáncer infantil hasta un cuarenta por ciento, solo en el momento inmediato posterior a la guerra.
Fértil cosecha del bloqueo. Escasez de alimentos. Alimentos contaminados. Aguas corrompidas. Hospitales sin anestésicos, sin antibióticos, sin antisépticos. (Hospitales sin anestésicos) (Sin antibióticos) (Sin antisépticos…) Y un pueblo miserable sobreviviendo a más dolor, a más miseria y a más hambre por decreto de los valores superiores del mundo civilizado…
Lo peor de nosotros no es lo que decimos, si no lo que callamos. Y también ésta era la verdad que nunca dije. ¿Por qué no alcé entonces mi voz contra aquello? ¿Por qué en doce años de aquella infamia no alcé ni una sola vez mi voz contra aquello? Por qué esperé de nuevo la nueva cruzada civilizadora para hablar de la paz que vendría después, de la guerra justa, de la emancipación de los pueblos, de la lucha contra la tiranía…
Y saber que todo aquel horror ya conocido tendríamos que multiplicarlo por diez en el inicio de la nueva campaña… Prever el cálculo, la nueva programación de la masacre. Saber el costo que nos permitiría exhibir luego la impúdica filantropía de la reconstrucción. Saber, saber, saber… todo aquello. ¿Acaso desconocía yo que todo lo demás era mentira? O, si creía en ello, no estaba yo incapacitado para hablar, dado mi anterior silencio cómplice… Acaso el previsible olvido que a la postre enloda toda miseria habría de acallar un día mi culpa…
Vivo ahora en el silencio de una naturaleza que fluye apacible. (Quiero pensar que quise lo mejor para mi patria.) Y me pregunto si puedo de verdad creer en lo que dije entonces, ahora, mientras cultivo un huerto de mandarinos a orillas de un río apacible…
El poder ciega, el poder oculta lo que no queremos ver. El arte de lo posible, la razón de estado, la seguridad mundial, la defensa preventiva… la justificación de toda miseria moral. La reducción a polvo funeral de cientos de miles de vidas inocentes…Durante mucho tiempo he seguido reclamando mi derecho a luchar por la justicia, a indignarme también contra la guerra. Pero íntimamente no logro saber si tengo ese derecho. Mi amigo Lula da Silva dijo entonces La única guerra que no puede esperar es la del hambre. Pero después de aquellas guerras han sucedido otras y esa sigue esperando.*
Acabé entonces el tiempo que me asignó la historia. Y, en el apacible silencio de este huerto, he de reconocer mi nula contribución a un mundo más justo y más habitable. No puedo creer, como se dijo, que la ambición y el orgullo me cegaran. Aunque quién sabe…
Lo peor que le puede suceder a un político consecuente es que confunda el discurso que sale de su boca
con la verdad.
Quizá era eso… Ahora lo veo claro en el retiro de este huerto de mandarinos.
De Monólogo de un ex-presidente en su retiro
(De la carta-prólogo de Fernando Martín Iniesta a La Casa Incendiada...)
La casa incendiada y otras piezas breves.Publicado por la Asociación de Autores de Teatro (AAT).
ISBN 84-88659-54-7
Reúne seis textos dramáticos de corta duración, aunque de complejidad y temas diversos.
Casi todas ellas nacieron como pequeño teatro de cámara, desnudas en lo posible de todo artificio, de todo lo que no sea lenguaje verbal en las diversas construcciones de sus historias escénicas.
Seis historias que desde un presente siempre critico invitan a sentir y a pensar lo vivido, el paso del tiempo, los días que nos escriben, el poder, la soledad, la muerte, el valor de la vida pasada... un fuego antiguo, como veis.
Piezas que aspiran al mínimo fulgor de su breve llamarada, en esta hoguera que milagrosamente sobrevive desde los días lejanos de nuestro padre Esquilo.
Oscuridad. Y aquel sonido de pisadas que marcan cansinamente el paso en un suelo de tierra. Y aquella música de Shostakovich…
Silencio o violín al fondo. Voz de un JOVEN, de acento eslavo:
GRISCHA FINAL
En realidad es un consuelo saber que todavía me queda sangre.
El Supervisor (me han dicho)
le ha echado una buena bronca al Chulo Gruzin.
No debería haberme pegado de esa forma, al menos no en la cara.
Debería saber que en mi estado, y por grave
que sea la falta cometida, no debería pegarme de esa forma.
Menos mal que finalmente han podido contener la hemorragia.
Quizá lo de hoy sea definitivo,
desde hace varias semanas se rumorea que los próximos
en salir seremos Dimitri y yo. Los tiempos van cambiando,
hoy nadie puede arriesgarse a que haya otra
muerte en el Centro.
Por eso llaman a las familias cuando ven que esto se acaba,
o nos llevan al Hospital General.
Después de dejarnos limpios, claro, de habernos rehabilitado
como ciudadanos libres, sin cargos.
Si nos mandan allí sabemos lo que nos espera.
Bien se han asegurado de que no tendremos escapatoria..
Aun así preferiría que me llevasen al hospital.
Mi padre, viejo borracho también enfermo,
no debe cargar con lo que me aguarda.
Mierda.. El caso es acabar de una puta vez con todo esto.
Tengo diecisiete años, no he resistido mucho. Mi cuerpo
se ha llenado de costras y mi cabeza de piojos, mi pecho
se agota en un movimiento inútil…
Pero puede que esto solo sea el principio de lo que me aguarda.
Ese viejo Pope insiste en que deberíamos temer el infierno, tiene gracia…
Sea como sea, preferiría que aquella hermosa niña me hubiese perdonado.
Aunque sé… aunque sé que eso es imposible.
Varinka… después de todo, querida Varinka…
4
Tenue luz que humaniza la escena.
VARINKA
Rejas en las ventanas y cierre metálico en la puerta.
Venir del infierno sin saber que se viene al infierno.
Dejar la ciudad gris de plomo y el hermano pequeño,
el pequeño y triste Prokofi sin futuro, el hermano
que juré traer conmigo enseguida.
Dejar aquello como antes dejamos la aldea, convencidos
de que no puede ser peor que lo que hemos dejado.
Permitiéndome incluso el espejismo de la resurrección,
el espejismo de que muy pronto tendría a mi lado al pequeño y triste
Prokofi sin futuro (…)
Y pasar del pobre Grischa al Gran Macró,
del muchacho al que pude haber querido y prefirió
que lo odiase.. al Gran-estafador-de-guante-blanco-sin-entrañas.
Todo resto de esperanza acaba ahora en ese cierre metálico. O acabó entonces con el pobre Grischa,
al que pudre
la tuberculosis y el hambre en un reformatorio de Tula.
Algunos días vuelven Grischa y sus amigos a esta casa del infierno. En algún muchacho he reconocido
a aquel otro tímido que prefirió que lo odiase,
que bestialmente quiso compartirme con los amigos y el aguardiente.
Ah, qué dolor me dejó ese muchacho
y cómo lentamente sigo vengándome de él a distancia,
en un reformatorio de Tula (…)
Pero si ahora yace conmigo un muchacho como Grischa, resucita en mí la ternura, le hablo al oído
palabras tibias y profundas que guardaba para el otro,
lo envuelvo en mi abrazo y le otorgo el placer y la paz…
Pobre Grischa, muchacho agonizante en un reformatorio de Tula.
De La casa incendiada.
Publicada por la ESAD de Murcia. ISBN 84-95164-18-3
Obra para cinco personajes. Tres actores, dos actrices.
Duración aproximada: una hora, veinte minutos.
En un espacio indeterminado -un viejo almacén, un precario hospital de campaña-: la única presencia de una litera de dos alturas... Sobre ella: dos cuerpos yertos, viejos cadáveres olvidados.
Dos nuevos hombres, desconocidos entre sí y desconocidos de sí mismos, accederán misteriosamente a ese espacio, retirarán los cuerpos a la intemperie y ocuparán sus catres.
En aquella litera, a la que nombrarán Tura, buscarán su hipotética identidad, su razón de ser, su desconocida historia, que intentarán recomponer con retazos de vida, de sueño y deseo, mientras fatalmente se saben destinados a ser dos nuevos cuerpos yertos, olvidados en la litera..
Historias, renuncias, aceptaciones, miedos, deseos que pugnan por instalarse en unos seres perdidos en su mortalidad, en su fatal temporalidad.
UNO: Sí, claro... esté tranquilo. Son los restos de temporada (...) Por cierto, soy el nuevo cocinero.
OTRO: Ah, tanto gusto. Yo he sido nombrado administrador.
UNO: Vaya... es usted mi jefe entonces.
OTRO: Pues... no lo sé. Pero no creo que sea necesario establecer jerarquías entre nosotros, total...
UNO: Hombre, si es usted mi jefe, es usted mi jefe, eso está claro (...) Sabe, no creo que aquí haya mucho negocio, francamente.
OTRO: ¿Negocio? No, no creo. Pero, en fin, estamos a principio de la estación, todavía es pronto.
UNO: Sí. (...) Y, si me permite la pregunta ¿qué hace un administrador cuando no está dormido?
OTRO: Si se lo dijera... usted se reiría de mí.
UNO: Prometo no hacerlo.
OTRO: Creo que soy médico forense.
UNO: ¡Dios! ¡¿Forense?! (Se ríe con fuerza.)
OTRO: (Apurado) Bueno, no sé... lo mismo es una ocurrencia del momento, ya vio que he sido incapaz de reconocer un cadáver.
UNO: Sí, ya vi, ya vi... ¡Médico forense...! Pues, fíjese, yo siempre sentí una gran curiosidad por conocer un forense.
OTRO: Vaya, no me diga.
UNO: Sí, sí, una viva curiosidad... Eso de enfrentarse con un cuerpo desalquilado, a solas, en silencio, quizá durante una larga noche... Dígame ¿qué siente, qué piensa usted entonces? Porque mientras usted hurga en las vísceras, seguro que la cabeza no para: ah, este fulano tiene cara de buena persona... Hoy aquí y mañana así... Un anillo de boda de hace quince años... una familia destrozada, sin duda... etcétera, etcétera, etcétera. Porque imagino que uno no puede ver el cadáver de un hombre como el que ve el cadáver de un pollo. Por mucha abstracción anatómica que se quiera hacer, uno siempre imagina cosas: la vida de ese hombre, la mala suerte de un accidente tan impensable, las criaturas que a esta hora todavía estarán esperando su vuelta...
OTRO: No sé... pero es usted bastante imaginativo.
UNO: Sí, y también un poco sentimental. La verdad es que cuando yo imaginé al forense, lo vi casi siempre con los ojos acuosos frente al cadáver. Y vi también... que, mientras concentrado hurga en las vísceras, una lágrima dulce y solidaria va a caer discretamente sobre ese cuerpo abierto y desalquilado (...) Pero no debe ser así ¿verdad?
OTRO: Ah, no sé... Parece usted una persona sensible, pero me temo que yo no pueda satisfacer su curiosidad, al menos mientras permanezcamos en este estado. También yo me hago ahora toda clase de preguntas... pero le juro que no sé absolutamente nada de mi oficio.
UNO: Bueno, no se inquiete, adivino que debe ser usted muy joven. Quizá abandonó la facultad hace poco y todavía no ha tenido tiempo de rodarse. Es posible. Aunque... ¡joder! ¡venir a preguntarme a mí si ese hombre estaba muerto!
OTRO: Puede que no sea verdad eso de que yo sea un forense.
UNO: (Levantándose, paseando por la nave) ¿Y porqué no? Fíjese en mí, un cocinero con toda la traza ¿verdad?, con dilatada experiencia en el oficio. ¿Podría usted sospechar siquiera que en realidad soy un diminuto, encorvado, tímido y miope profesor mercantil diplomado?
De Una litera llamada Tura
de la obra Una litera llamada Tura.
Escena en penumbra. Tomás y Celia.
CELIA: Quiero que suceda pronto, Tomás, lo antes posible. Así que tendré que ir sola. Has hecho lo que has podido.
TOMÁS: Iremos juntos. Ahora o más tarde, pero juntos.
CELIA: No. No me fío de ti.
(...)
TOMÁS: ¿Y no tienes miedo?
CELIA: Solo curiosidad. Avidez. Un deseo inmenso de saber qué hay detrás de todo esto.
TOMÁS: Pero si no hay nada, Celia. ¡Nada!
CELIA: No importa.
TOMÁS: Pero acabar… Quedarte sin aire por más que lo buscas, quedarte tan absolutamente solo. Perder todo asidero. Toda proximidad. Toda certeza. Todo pensamiento. Toda concupiscencia. Todo recuerdo… Perder pie. Como un barco hundiéndose en el agua. Saber que ya nada te contiene, porque estás desapareciendo, porque ya no eres nada ni nada ha de quedar dentro de ti… Solo esa inmensa y trágica soledad que nos aguarda. Porque estaremos solos, por más que vayamos juntos… Y tengo miedo. Un miedo como nunca he conocido, un miedo que crece a cada instante que pasa…
CELIA: (Lo abraza) Ah, mi inútil poeta… Sal de aquí. Déjame sola. Ten esa última valentía.
TOMÁS: Ven conmigo. Todo terminará de otra forma.
CELIA: No, Tomás. Me acucia un deseo apasionado de conocer la muerte. Quiero entregarme a ella, como en otro tiempo me entregué al más bello de los amantes.
OSCURO.
De El Océano
Editora Regional de Murcia, 2005. ISBN 84-7564-298-5
Obra para 12 personajes
Duración aproximada: 1 hora, 50 minutos.
El Océano es el drama de un futuro próximo. Pieza coral donde se impone el destino aceptado de unos seres terminales, en una institución dedicada a facilitar la muerte voluntaria.
A partir de un núcleo familiar y de la decisión de alguno de sus miembros de lograr pronto un suicidio asistido, se accede a un ámbito más extenso, donde confluirán diversos personajes terminales, sus historias, sus modos de afrontar el fin.
La futura regulación social de la eutanasia activa, su promoción estatal o en centros de capital privado… El avance biomédico o farmacológico, de la medicina paliativa, de la neurología, que pudieran auspiciar un tránsito no traumático, incluso dulce, eliminando acaso el dolor y la agonía… El acceso a otro estado de muerte, la posibilidad de la crionización…
Dignidad, filantropía, servicio social o negocio… Y en el último acto, ante el telón de boca, el ser solo enfrentado a ese último silencio.
MUCHACHO: Los Ocupantes hacen sin duda la vista gorda. El tesorero del templo anda desolado. ¡Ah, qué actividad más estrafalaria!, ¡mantener una basílica para nadie!, ¡alimentar tan solo la superstición de esas mujeres y sus lápidas!
Con un manojo de grandes llaves a la cintura entra el TESORERO. A un lado de la escena enciende varios velones en el suelo.
TESORERO: Desde este oscuro promontorio que levantó la sucesión de las edades futuras, desde esta cripta luminosa en que consiste la barbarie, evoco a veces el tiempo que construyó las iglesias... Existían los párrocos y los obispos. El libro iluminaba las vidas de los hombres. La gente era fiel al pastor de Galilea... ¿Porque quién entonces hubiera cuestionado su divinidad, su divina resurrección? Pero hemos sabido que no hay nada, humano o divino, que no pueda poner patas arriba la sucesión meticulosa y pertinaz de los instantes. Evoco así lo que todos un día se avinieron a reconocer: que Jesús, muerto según las escrituras, jamás resucitó. Así alzose la arqueología contra el sitial de Pedro... Mas si ese cuerpo venerable que hallaron en su sepulcro es realmente el cuerpo del Galileo, ¿qué sentido tuvo la épica sucesión de sus adeptos?, ¿qué sentido tiene entonces esta basílica? Bien pudieron también haber tapiado su pórtico... Evoco el tiempo de un pueblo piadoso, que aquí mismo hablaba a su dios. Y esperaba, y obtenía respuesta... Pero entró la impiedad a saco. Y los Ocupantes, que nos regalaban la muerte, también nos tapiaron las iglesias. Tapiaron la iglesia de la plaza y tapiaron, a cal y canto, las otras. Todas..., menos ésta. (Señalando al columbario) Quizá para dejar ahí memoria de su hazaña. ¡Infames! ¡Cristo nos proteja! En este pueblo mataron a los mejores hombres, violaron a sus mujeres, arruinaron todo vestigio moral. Sí..., mejor no ponerse en su camino, son promiscuos y bárbaros, sanguinarios y crueles. No conocen la ley de Dios, pero sí todas las artes de Satanás. ¡Cristo nos proteja!
(De la obra Tanatofobia, 1997)
Francisco E. Pino.
Escritor y pintor -en ambos campos, y siendo generosos, de segunda fila- nacido en Cieza, provincia de Murcia, en la segunda mitad del siglo XX y muerto en fecha todavía por determinar, pero probablemente hacia la primera mitad del XXI.
Participó en diversas empresas literarias, desde el inicio de la revista Caimán hasta el proyecto más ambicioso de La Sierpe y el Laúd, publicación literaria de la que fue cofundador y en cuyos primeros números y separatas participó con dibujos, poemas y narraciones.
Como dramaturgo sin escena, su inclinación por el teatro fue tardía, pues es solo a partir del año 97 que se dedica a su escritura. Miembro de la Asociación de Autores de Teatro, buena parte de su obra permanece inédita y solo ha sido representada en lecturas dramatizadas. Algunas obras suyas pueden leerse en la web de Noticias Teatrales o en la de Fundació Romea.
Ha participado con diversos textos en el 2º Salón del Libro Teatral Español e Iberoamericano. Casa de América (Madrid, 2001); 1 Maratón de Monólogos, Círculo de BB.AA. (Madrid, 2002). 3er. Salón del Libro Teatral (Madrid, 2002). Teatro Contra la Guerra. Ateneo de Madrid (2003). Personajes en Acción (RESAD, Madrid, 2003). 2º Maratón de Monólogos (2003).
Entre los años 2003-2007 escribió artículos de opinión en el diario La Verdad de Murcia.
Es autor de ocho dramas, una comedia, teatro infantil, textos breves, monólogos...
Obra dramática:
- Arquitectura de un sueño. Tanatofobia. (1997)
- Una Litera llamada Tura. (1997). Publicada por la ESAD de Murcia,1999.
- La Hija de Manuel Maier.(Versión de Emma Zunz, de Borges) (1998)
- Pirómanos. (1999)
- Una caja de cartón enmohecida. (1999)
- Juez y Serpientes (2000)
- Los Curas o paráfrasis del Libro de Job(2002)
- El Océano (2005) Publicada por Editora Regional de Murcia.2005
- Los Adioses. Luz y tiniebla de Amada Serra (2006)
- La noche y el Acantilado (2008). Guión cinematográfico.
Comedias: - El Congreso de Sexología. (1998)
Teatro infantil: - Teatro en un Tris. (2001)
Textos breves:
- ¿Quién sabe hoy quienes fueron Los Beatles? (1999)
- Mujer sola con madre muerta. (2001) Publicada por la A.A.T en Monólogos.
- La casa incendiada. (2002)
- Una vida a la enseñanza. Publicada en La Sierpe. 10 +10. (2003)
- La semilla de eucalipto (2002)
- Monólogo de un ex presidente en su retiro, publicado en AAT, colectiva de monólogos. Septiembre 2003.
- La Casa Incendiada y otras piezas breves. Publicada por la AAT (2004)
- Inimputable. Enero, 2009.
Ultima obra publicada:
- La Cárcel Dormida. Revista Alhucema. Nº15. Granada,Junio 2006.
Contacto: franciscoepino@ono.com
efeepino@gmail.com





